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Desempolvando

Este viejo medio de comunicación que he descuidado injustamente desde hace tiempo. Todo tiene una explicación; las casualidades no existen. No para mí. Tuve que aprender muchas cosas, algunas sobre la vida, otras sobre mí mismo y unas más sobre el resto del mundo. Me tomé un tiempo libre para comprender más detenidamente dos o tres normas de eso que llamamos convivencia, que nos permiten mantener la paz; es decir, aprendí a conducirme en el sendero de la diplomacia, que para mí no es otra cosa sino una forma refinada y pragmática de hipocresía. O lo era antes. Antes de convertirme en un adepto más del régimen de la discreción, de apegarme y someterme a la ley de cerrar el pico lo más posible, cosa que no se me da muy bien, según han podido saber. Como cualquier punto débil, debe trabajarse, afinarse, fortalecerse.  

Y no es que tenga mucho que decir, en realidad. Que lo tengo, sí; que esté para decirse, es caso aparte. Es sólo que (y aquí entre nos, que se vayan al infierno esas nuevas reglas de la RAE) alguien a quien admiro me recordó que llevaba mucho tiempo sin publicar, y no pude más que aceptar que tenía toda la razón. La verdad es que tengo perdidos somewhere over there un par de narraciones, pero eso es todo. Las artes se envidian entre sí, cualquiera que las conozca lo sabe. Entre el teatro y la música, poco me ha quedado para esto. Leo con avidez, como de costumbre, pero mi propia literatura ha sido rezagada de forma injustificada. 

No estoy pretendiendo pronunciar ningún discurso político atestado de promesas que restituyan el orden a los afectados por un periodo de dificultad; estoy anunciando mi regreso a la publicación. Poco a poco, verá usted, se irán acumulando mis historias como capas geológicas que sepultan un viejo pasado del que no vale la pena hablar (y que si ponen atención, no puede encontrarse ya). 

Die Welt gehört mir, was werd’ ich mit ihr machen?


Esto, justamente. 

De una, de otra, y de otra más, medio año después.

De una. 

¿Dónde estás? ¿Qué ha sido de ti? … ¿Sigues viva, acaso?

Hace tanto que no te veo, hace tanto que no escucho tu voz, que ahora me parecen confusos los vergonzosos recuerdos que guardo de ti. Parece que el tiempo, sin que nos dé el privilegio de notarlo, avanza sin perdonarnos con rumbo fijo al olvido.

¿Y sabes una cosa? Me encanta. 

Me reconforta saber que ya no tengo que soportar aquello que alguna vez sentí por ti, que no encuentro tu silueta dibujada en cada pequeña niña que pasa por ahí, que ya no tengo la idea de que vas a aparecer un día, por sorpresa, para destrozar de nuevo mis pensamientos y lo que haya dentro de mi pecho. 

No sé decir cuándo ni cómo, pero sencillamente logré resignarme sumisa y ligeramente a la idea de tu lejanía. 

Y allá, en la selva, a cientos o miles de kilómetros de estos ojos en los cuales dejaste una huella que no quiero ver, escondes de mí esas dos esmeraldas asesinas. 

Ojalá que nunca regresen. Ojalá que nunca regreses tú. 

De otra.

De ti puedo escribir un capítulo aparte; una oda a lo patético: tantos meses, tantas palabras, tanto que escribí sin siquiera percibirlo, tantas situaciones bizarras y callejones con múltiples salidas. 

¿Qué diablos pasó? ¿Fueron reales esos nebulosos días en que creía tener un espacio para ti en mi corazón? 

Es otra de las muchas cosas que tampoco sé decir con certeza. 

Pero dentro de lo poco que este buen perro buscón sabe, está que todo se echó a perder en una sola noche, en una sola frase.

Todos los castillos de hielo que para mí habías construido, con el solo impulso de un recuerdo borroso por el alcohol, desaparecieron al instante. Todo lo grandiosa, lo magnífica, lo digna que hallaba en ti, se esfumó en un abrir y cerrar de ojos.

Y todo, porque por una vez decidiste abrirte conmigo.

Si tuviese yo un poco menos de categoría, en este momento introduciría una brutal carcajada, escupiéndotela a la cara. O mejor dicho, no me habría contenido aquella noche. Por el contrario, hice una vez más de héroe, de caballero: por una última vez, halagué toda tu ficticia belleza con una máscara de hipocresía horrorosa puesta en el rostro; mientras que dentro de mí, una siniestra realidad se levantaba por fin, de entre todas las idioteces con que la había sepultado mi imaginación cuidadosamente: no eres, ni siquiera cercanamente, lo que pensé que podrías ser. 

No me decepcionas; me decepciono yo, por creer que en ti hallaría algo más que ese enorme orgullo, que al parecer, es tu único encanto. Orgullo, no eres nada más que un tremendo orgullo…

De otra más. 

Sí, eres una maravilla, un altar a la belleza. Lo dije y lo repito. Eres preciosa como el infierno. Me caso, ¿dónde firmo?

Todo iba tan bien, todo era tan perfecto. Es decir, que cada nueva faceta que descubría de ti me intrigaba más que la anterior; de poco a poco me ibas enloqueciendo, sin dejarme ignorar, ni por un suspiro de tiempo, tu belleza desgarradora. 

No te miento, no digo que me estaba enamorando. Eso ya no me pasa, desde hace unos años. Pero sí te digo que de veras pensé que… Bueno, de veras lo pensé. 

Pero tenía que llegar esa noche. Tenías que tropezar con tu debilidad frente a las personas equivocadas, como toda mujer fuerte. 

Y entre todas las blasfemias y mentiras que nos dijiste, y de las cuales seguramente ni siquiera haces memoria, estuvo una que cambió para siempre el rumbo de mis sentimientos por ti: 

"Me gusta mucho Paulo Coelho".

Lo siento, no puedo más. Hasta aquí llego.

Lástima, realmente eres una mujer que vale la pena. Pero contra eso no puedo. No puedo. 

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De una, de otra, y de otra más, ¿qué puedo decir?

Que ya ninguna figura en mi lista, ni siquiera de posibilidades, que ya ninguna tiene un encanto más allá de lo que quepa en este texto de ácido humor, que ya ninguna es algo diferente de un hubiera.

Cáspita, que fraude. 

Cuando menos una de tres, me decía… Y no, ni eso. 

No importa, así es este juego. 

Suerte para la próxima, Giancoli, suerte para la próxima.

Giancoli D’Arezzo. 

Frente a frente.

Giancoli tuvo que viajar un número indecible de horas para llegar a la residencia del enigmático señor que le había enseñado todo lo que sabía.

No quiso hacerse preguntas en todo el viaje; ni siquiera quiso pensar en si era correcta o no la visita, si encontraría la respuesta que ya conocía a una pregunta que sería mejor no hacer… En fin, lo único que tuvo en mente fue su curiosidad, que tantos problemas le había causado en los últimos años. 

(…)

La grave y cadenciosa voz del magnánimo Alexis Ivánovich Veltchaninov lo atacó con esa causticidad tan propia:

     - ¿Es en serio, Giancoli? ¿Es en serio que vas a embarcarte en la misma empresa una vez más? -le preguntó- Te recuerdo que ya ha sucedido antes; lo que estás viviendo no es en absoluto nuevo -Giancoli refunfuñó un poco, preparándose para seguir escuchando-. La misma ridícula historia, con los mismos ridículos detalles en las mismas ridículas situaciones, y hasta las mismas ridículas palabras, si no mal recuerdo… -Giancoli agachó la cabeza ante el peso de lo que Veltchaninov le decía. Luego enfrentó la mirada del ruso, listo para arremeter de regreso.

     - ¿Usted? ¿Usted, señor Alexis Ivánovich, diciéndome esto a mí? … Qué mala memoria parece tener usted… Dígame, ¿es que ya no se acuerda de nada? ¿Es acaso que ya no se acuerda de que es usted, y no otro, el responsable de que Verner y yo estemos así? -Veltchaninov guardó silencio y endureció el gesto-. ¿Es que ha olvidado que la primera y la más grande de todas las historias ridículas la protagonizó usted mismo? -Giancoli se puso entonces de pie, dominado por un súbito acceso de agresividad-. Y eso, querido señor Alexis Ivánovich, fue hace mucho tiempo antes de que Verner o yo estuviéramos siquiera en este país -la violencia de Giancoli iba en aumento a cada palabra-. ¡Eso, señor Alexis Ivánovich Veltchaninov, es algo por lo cual ahora todos tenemos que pagar! -Hizo una pausa para acopiar fuerza. Luego prosiguió-. ¿O es que ya no recuerda? ¿Es que los años han pasado factura sobre usted y ha olvidado el porqué de todo? ¿No se acuerda ya de sus noches en vela, ni de sus fragmentos de drama? ¿No se acuerda acaso de sus versos y canciones hechos a oscuras? ¡¿No se acuerda ya de la montaña que subía todos los días, de su luna llena, de su moneda amiga, de su Antonio y su Basanio, del imbécil de su Rey Arturo y de su maldita Ginebra?! ¿¡No se acuerda ya…?!

Veltchaninov se levantó, tomó su vaso y dio el último trago a su vodka. Depositó nuevamente el vaso en la mesa y se puso el saco. Comenzó a caminar hacia la puerta mientras lo abotonaba, y cuando se halló frente a ella, se volvió para agregar:

     - Eso, Giancoli, se llama pasado. Y al parecer, es algo que tú nunca vas a entender. 

Luego salió y dejó a D’Arezzo en un estado de absoluta confusión. Un mareo, una náusea, un malestar, obligaron a Giancoli a dejarse caer en su asiento. Su mirada se perdió por unos instantes, mientras murmuraba de forma imperceptible, sólo para sí:

     - Pasado, pasado, pasado…

Era un hecho: la sabiduría infalible de Alexis Ivánovich Veltchaninov había hecho que Giancoli se derrumbara bajo el peso de sus propias utopías. 

                                              ——————————————————————

(Texto escrito en 23 minutos, recopilando mis cavilaciones de camino a la universidad hoy en la mañana.)

Yo, Oliver. No D’Arezzo, no Veltchaninov, no Raab. Oliver. 

Raab I

(…)

                                                                                 I

Me presenté en el palacio a las ocho de la mañana, puntual de forma cabal, como siempre.

Atravesé el patio, subí la monumental escalera y llegué a la antesala de la oficina de maese D’Arezzo. En ella, esperaba un tipo de aspecto hosco y rudo: un alemán de tal vez cuarenta o cuarenta y dos años, de cabello muy oscuro y barba bien recortada, vestido con formalidad impecable: todo él formaba un cuadro casi comparable con una estatua de jardín, o una pintura de horrible realismo.

Había sido informado la tarde anterior de que esperaríamos a este peculiar individuo justo a las ocho de la mañana de hoy. No obstante, siendo yo puntual, él había llegado antes que yo. Lo cual, desde luego, no habría de generarme ningún beneficio.

Su nombre lo ignoraba, pero tenía la referencia de que -como todo alemán que se haga respetar- firmaba la correspondencia que mantenía con el señor D’Arezzo como H. Raab. (1)

Hice una reverencia y le extendí la mano al tiempo que le deseaba buenos días y le daba la bienvenida en mi pésimo alemán. No se tomó la molestia de devolver el saludo; únicamente masculló un «Danke» (2) mientras me repasaba completo con su mirada pesada y penetrante.

Definitivamente, era un hombre que no inspiraba nada de positivo, y la impresión que de él tuve fue de honda fascinación ante su férrea e inconmovible actitud.

En ésas estaba cuando entró en la sala Iván, procedente de la oficina de maese D’Arezzo.

     -Kommen Sie mit mir, bitte, Seine Exzellenz (3)-le indicó Iván.

El hombre se levantó del sitio que ocupaba en el viejo sillón de piel negra y siguió el camino que Iván señaló; es decir, a la proverbial oficina.

Iván entró nuevamente y me hizo una seña para que ambos saliéramos de la antesala, al pasillo.

Una vez afuera, comenzó:

     -Su Excelencia maese D’Arezzo ha dicho que estaría charlando con el alemán por varias horas y que los cocineros se encargarían de todo, de modo que tenemos la mañana libre -dijo, sintiéndose orgulloso de comunicar tan magníficas noticias. Sucedía que una mañana libre ahí era poco más inusual que un eclipse.

     -¿Quién es ese hombre, eh? -pregunté.

Iván se me quedó mirando despreciativamente por el lapso de unos segundos, como censurando mi ignorancia. Luego añadió:

     - Se llama Werner Raab. Es uno de los principales socios de Su Excelencia maese D’Arezzo; y por lo que entiendo, también un antiguo amigo suyo -recitó él, como leyendo la nota biográfica de una novela.

     - Oh, ya veo -pronuncié bajo, decepcionado de que no pudiera dárseme más información- Viene de Alemania, ¿no es cierto? -proseguí.

Iván asintió con la cabeza.

     - O al menos eso es lo que se dice, y lo que debemos creer -respondió.

Uno de esos largos silencios incómodos se instaló entre ambos. Me sentí obligado a mostrarle un poco de amabilidad (o como lo llaman aquí: «clase») a la rata de Iván, así que continué diciendo:

     - Y… ¿qué tienes pensado hacer, ahora que dejamos de ser esclavos por unas horas? -dije, y clavé mis grandes ojos en los suyos, tratando de apresurar el protocolo.

     - Tengo algunas cuentas que ordenar -respondió -y debo revisar el correo también. 

     - Bien, es una pena- dije, pretendiendo que se tomara por real mi fingida aflicción- Supongo que iré a Wendy’s a beber un poco de café y almorzar -agregué.

Wendy’s era el mejor restaurante de todo el centro de la ciudad, y convenientemente, se encontraba a sólo una cuadra larga de distancia del palacio. Los desayunos eran supraterrenalmente buenos, y el café parecía hecho por y para dioses. Quise darme ese gusto para celebrar mi momentánea libertad. 

     - Que tengas buen provecho- dijo Iván, con un marcado desinterés.

     - Gracias -repliqué, sin faltar a nuestras absurdas reglas de cortesía, y comencé a caminar por el pasillo en dirección a la escalera.

Una vez en la escalera, me detuve para contemplar por cuadringentésima vez el mural que adornaba el rellano: era una obra sensacional, por la cual el difunto señor D’Arezzo, Padre, había pagado una fortuna, y que había estado a cargo de no sé qué pintor mexicano. Un tal Rivera, oí decir una vez.

Salí del edificio y caminé sin detenerme hasta llegar al restaurante.

Ya dentro, pedí café americano a la preciosa mesera (por lo demás, todas las meseras eran bellísimas) y me hice servir un almuerzo en nada tacaño.

(…)

(1) H. por Herr: Señor.

(2) Danke: Gracias.

(3) Venga conmigo, por favor, Su Excelencia.

El día en que D’Arezzo se atrevió a pensar al revés.

Con los ojos inyectados en sangre, el exhausto señor maese Giancoli D’Arezzo revisaba todas las notas que había acumulado con el paso del tiempo en ese misterioso cajón para el cual había acuñado el término «Archivo Muerto». 

Haciendo gala de un orden profundamente metódico, construido a fuerza de leer y releer una y otra vez las mismas notas todos los años, en esa misma proverbial fecha de la muerte de su abuela materna, D’Arezzo finalmente se topó con el estrato complicado de su búsqueda: las cartas impregnadas del perfume que lo hizo enamorarse de su difunta esposa. Había sido un lindo detalle de su señora, el esparcir sobre las hojas la fragancia que la distinguía; no obstante, a D’Arezzo no le parecía ahora tan encantador. 

Las leyó todas; una tras otra. Le divertía de un modo enfermizo darse cuenta de cómo iban cambiando para él los simbolismos y significados que aquella dulce esposa escondía tan cuidadosamente, de manera que sólo él, quien había sido el más brillante arquitecto del laberinto de su felicidad, pudiera desentrañarlos. 

Y así pasó también los escritos de su difunta esposa, hasta llegar a la magnánima carta que inequívocamente arrancaba lágrimas de sus ojos: la disculpa de su también difunto hermano mayor por haber estado ausente en su decimocuarto cumpleaños. Y sí, esta vez también lloró. 

Si alguno de sus sirvientes lo hubiera visto… No; eso no era posible. 

Habiendo terminado, reacomodó nuevamente los textos, uno por uno, en el lugar al que tan acostumbrados los tenía, y se puso a pensar. 

Pensó durante horas, viendo la luna casi llena recorrer todo el firmamento. Las nubes de cuando en cuando se interponían entre su refulgente haz y él, de modo que se veía obligado a reflexionar en penumbra. No le importó; estaba demasiado ensimismado para preocuparse por los pormenores de la iluminación de su balcón.

No supo decir cómo, ni por qué, pero de repente, sin que lo hubiera podido predecir ni mucho menos lo hubiera esperado, encontró la clave: se atrevió a pensar al revés. 

(Se atrevió, a pensar al revés…)

« ¿Y si el efecto fuera la causa…?» Se dijo. 

Y en ese momento, el enorme conglomerado de sentimientos que hasta entonces había obnubilado su juicio, se le reveló ante él diáfano y hasta útil. 

¡Todo tenía sentido! ¡Ahora comprendía todo! 

Sus dieciséis meses de preguntas hallaron una sola respuesta, absoluta. Ahora no había lugar a dudas; no cabía la más mínima ambigüedad. ¡Todo era perfectamente lógico! 

« Y todo fue cuestión de abrir la mente por un minuto. Un minuto de pensar al revés; no más.» Se reprochó.

Ahora tenía la clave

No había cambiado; era el mismo D’Arezzo que hacía un instante. Pero ahora era peligroso.

Después de todo, había resultado que el alemán (el Cerdo Alemán) de cuarenta y tantos años y barba impecablemente bien recortada, había tenido razón. No del todo, claro; pero había logrado aproximarse mucho más que él a la realidad. 

El señor maese Giancoli D’Arezzo, por primera vez en mucho tiempo, se sintió auténticamente Tonto. 

     -Maldito Verner… -alcanzó a mascullar. 

Esbozó una pronunciada sonrisa que nadie nunca habría de ver, más que él mismo. En parte, se burlaba de su ingenuidad; y en parte, se maravillaba con el grandioso número de posibilidades que se le ofrecían ahora que se había quitado la venda de los ojos y había sido suficientemente osado para ver sin miedo eso que había tenido frente a sí desde el comienzo.

«Buenas noches, Mundo» Recitó en su cabeza. 

«Mañana es otro día».

Se acostó, cerró los ojos, y fue el protagonista de unos sueños muy turbulentos esa noche. 

54 Malas ideas.

Al lector: El siguiente texto tiene como único fin entretener. Se le pide atentamente no awitarse si se ve implicado o se siente identificado. Gracias. 

1. Beber cinco tazas de café antes de dormir. 

2. Leer a Paulo Coelho.

3. Aceptarle el trago a Yayo. 

4. Hacerle insinuaciones sexuales a la profesora de alemán. (No lo hice; sólo se me ocurrió.)

5. Decirle a un oficial de policía que “no porque sea la autoridad, va a pasar por encima de ti”. (Eh, Julieta.)

6. Cruzar San Juan de Dios a pie, pasadas las nueve de la noche. 

7. Caminar diez kilómetros con botas. 

8. Beber Tonayan MR directo de la botella. 

9. Pistear con Eloy.

10. Pistear con Ale Villaseñor. 

11. Pistear con Eloy y Ale Villaseñor. 

12. Hablar con Ahatzin sin un traductor. 

13. Hacerle caso a Erick Estrada. (En cualquier cosa.)

14. Meter un cigarrillo mojado en el bolsillo de una chamarra. (No lo intenten, por favor.)

15. Trabajar en la misma empresa que tu novia. (Cortesía de Damián, “El Negro” Romero.)

16. Regar las hojas de una planta de mariguana. (Cortesía de Miguel, “Mike” Robledo.)

17. Dejar una gata sin esterilizar…

18. Entrar a Face*ook estando ebrio. (Ésta tiene mención honorífica.)

19. Viajar por La Línea MR. (Malditos guajoloteros de mier…)

20. Hacerle un favor a Sarahí. (Porque después de eso empezará a pedirte uno tras otro hasta convertirte progresivamente en su esclavo; y si eventualmente te niegas a cumplir cualquiera de sus ridículas exigencias y/o caprichos, te dirá que eres un mamón y te dejará de hablar por varios días… Hasta que necesite otro favor… Ya, perdón, Sarahí; sabes que te quiero un chingo.)

21. Dejar una maceta cerca de Terán, en plena peda. 

22. Acompañar a Argel a comer costillas. (No le digan que dije esto.)

23. Estudiar LAD. (Y quiero aclarar que tengo muchos amigos y conocidos estudiando esa pendejada.)

24. Despertar a Don Chilo a las cuatro de la mañana para que te abra la puerta. (Y luego preguntan que por qué me corrió…)

25. Entrar a casa de Alan…

26. Besar a la novia de tu amigo. (… ¡Yo no sabía que era su novia!)

27. Estudiar Termo sin cerveza, o cigarros. (Especialmente sin cigarros… Y especialmente sin cerveza.)

28. Invitar a Viole a la peda. (… Ya, perdón, Viole.)

29. Comprar artículos artesanales a hippies. (Tal vez muchos de ustedes se pregunten por qué esto. Bien, a menudo me pasa que las pulseras y/o los collares se me caen sin que me dé cuenta, y entonces pienso «¡Maldito hippie!».)

30. Hablar de arte con Frida, la palomita. (O de economía, de política, de religión, de ciencia…)

31. “Sobredosis”. (Puta madre, esto neta sí no lo hagan Nun-Ca, pendejos. Se siente como cuatro veces más mierda de lo que imaginan.)

32. Jugar DotA TM trece horas ininterrumpidas. (Los efectos secundarios incluyen confusión de perros con arbustos, de arbustos con policías y de policías con perros.)

33. Leer el libro Vida de ricos. (Ah, vaya fiasco.)

34. Declararle tu Amor a tu mejor amigo/amiga. (Otra con mención honorífica…)

35. Subestimar a una mujer. 

36. Confiar en una.

37. Ponerle «María Eugenia» a tu hija. (Lo siento, Maru, pero es la verdad.)

38. Dejar que Laz compita contigo a beber tequila. (O mejor dicho, que lo intente.)

39. Embriagarse dos personas con una botella de Chivas Regal 18 TM.

40. No dormir. 

41. No comer. 

42. Prestarle dinero a Roy. (Otra cosa que nunca deben hacer.)

43. No llevarse El Conde de Montecristo a Sinaloa. (Eh, Sinu.)

44. Apostar tu alma en un juego de futbolito. 

45. Ponerle el cuerno a tu novia… Y decirle. 

46. Creer que porque una «morra» (Sí, «morra», ¿cómo ves?) y tú se ven bien juntos, harán buena pareja. (Ah, pero qué pendejo, ¿no?)

47. Ir al entrenamiento de box sin comer. 

48. Tratar de callar a Alina. (No digo que sea malo; sólo es inútil.)

49. Estar en el mismo equipo que el “Mamalo”. (En general, cualquier género de convivencia con él/ella resulta nocivo. Gracias a Dios existe Many.)

50. Dejar las cosas para el final. (Sí, así, en abstracto.)

51. Estudiar humanidades en el Tec. (Es que en serio… ¡¿Eso qué?!)

52. Irle al Atlas. (Yo le voy al Atlas, ¿y qué, mierdas?)

53. Adquirir el servicio de mensajería instantánea de Blackberry TM. 

54. Awitarse al leer esto.

Su servidor, etcétera, etcétera (sí, sin abreviaciones),

Giancoli D’Arezzo.   

La nota de Maese D’Arezzo.

La característica última ceniza del cigarro de Maese D’Arezzo se extinguía mientras él deslizaba su mano por la mesa y me extendía el sobre blanco. Tomé la nota sin decir nada, mirando fijamente al objeto en señal de respeto y obediencia. 

     - Bien, ¿alguna duda? -preguntó, ahogando la colilla en el cenicero de plata. 

     -  No, Maese -respondí al tiempo que dejaba caer el sobre en el bolsillo interno de mi saco.

     - Bien, bien. Hoy, a las cuatro de la tarde. Sin retrasos -soltó, con toda la autoridad que él bien sabe, ejerce sobre mi insignificante persona y sobre todos los otros que se encuentran a su servicio.

     - Con su permiso, Maese -dije agachando la cabeza.

Comencé a caminar sigilosamente por la alfombra de los aposentos de Maese D’Arezzo, rumbo a la escalera que comunica la planta baja con el primer piso, cuidando no turbar la inalterable calma con que se domina a sí mismo en todo momento; y entonces, fulminante como un rayo, la ronca voz del señor D’Arezzo articuló un epílogo.

     - Una cosa más, señor barón -dijo, seguro de que lo escuchaba con atención a pesar de estar vuelto de espaldas hacia él. 

     - Sí, Maese… -pronuncié con suma delicadeza. 

     - Sabes que regularmente no tengo inconveniente en que leas lo que escribo… -se interrumpió para encender otro cigarrillo- Pero hoy quiero pedirte un favor. Mejor dicho, voy a darte una instrucción. 

     - Lo que usted decida, será, Maese -contesté.

     - Bajo ninguna circunstancia permitas que el contenido de esta carta llegue a ojos distintos del destinatario. Es decir, eso te incluye a ti también. Lo lamento, barón, pero confío en que sabrás comprender. Una nota como ésta no se escribe a la ligera; ni mucho menos, se divulga -dijo el señor D’Arezzo, justo antes de propinar una fuerte chupada a su cigarrillo. 

     - Comprendo, Maese. Pierda cuidado -dije, asegurándome de imprimir un tono de firmeza a mi voz trémula por la confusión. 

Descendí los peldaños de la colosal escalera, atravesé el patio principal  y me disponía a abandonar el edificio cuando escuché que la sabandija de Iván me llamaba con premura. 

     - ¡Barón, barón! ¡Espere! -alcancé a distinguir.

Me volví para atender los llamados de Iván, y pude verlo corriendo hacia mí; al parecer, algo le preocupaba, porque ese Iván no es un sujeto escandaloso, a pesar de sus excentricidades. 

     - Sí, Iván… -le dije cruzándome de brazos, listo para cualquier reclamación o cualquier estúpido comentario. 

     - Barón, verá. Maese D’Arezzo ha olvidado una última instrucción para usted. Me ha mandado a buscarlo de inmediato para comunicárselo -dijo Iván, restaurando su aliento. 

     - ¿De qué se trata? -le pregunté. 

     - Al parecer, Maese D’Arezzo ha cambiado de opinión. Le había dicho a usted que deslizase la nota por la rendija de la puerta y se retirase de la casa sin causar mayor alarma… -se apresuró a decir. 

     - ¿Y bien? -mascullé, ansioso por saber lo que el señor D’Arezzo hubiera podido modificar a su ya de por sí extravagante plan. 

     - Pues bien, me ha mandado decirle que desea que en el momento en que introduzca usted la nota, haga sonar el aldabón de la puerta y se retire de inmediato, de manera que nadie pueda alcanzar a divisarlo -dijo Iván, con la sonrisa de orgullo que dibujaban sus labios siempre que sabía algo que yo (o cualquier otro) ignoraba.

     - Comprendo. Gracias -le dije.

Y sin reparar más en él, salí del edificio rumbo a la morada cuyo domicilio me había sido concedido con antelación profesional por Maese D’Arezzo. 

     « ¿Qué clase de carta era ésta? ¿Qué diferencia tenía? ¿Por qué esta vez, el señor D’Arezzo me había pedido estrictamente no leer el contenido, siendo que todas las otras veces no se había visto afectado por mi curiosidad?

     » ¿Podía ser acaso, que Maese D’Arezzo se dispusiera a cometer un fraude, o alguna estafa, contrario a su costumbre? Tal vez, la nota encerraba circunstancias demasiado comprometedoras sobre algún crimen. Incluso, podía ser que hiciese referencia a una parte de ese oscuro e inenarrable pasado que nos mantiene siempre en secreto… ¿O se trataba de motivos personales?

     » Cosa de familia, tal vez. Alguna visita de un pariente lejano. O una herencia: ya se había dado el caso de que el señor D’Arezzo fungiera como albacea tras algún óbito. 

     » Vamos a ver. Lo único que ocasiona un comportamiento atípico en el señor D’Arezzo, a lo que he podido observar de él, es el teatro. Dudo que esta nota tenga que ver con alguna compañía de teatro, o que se encuentre vinculada de algún modo con la Academia de Artes Escénicas del señor D’Arezzo. 

De esta manera se pasaron mis reflexiones una tras otra, tratando de desentrañar el misterio de la carta. Repasaba la superficie del sobre una y otra vez, sin lograr penetrar el sentido de dicha nota. El sobre sólo tenía las siguientes palabras escritas sobre él: 

«Para Frida, de parte de maese D’Arezzo».

Entonces, en un momento de disparate, se cruzó por mi frente una idea totalmente desatornillada del suelo: 

     « … Puede ser que el señor D’Arezzo tenga algún vínculo con la mujer a quien está dirigida su carta… 

     » ¡Una mujer! ¡Ja! ¡¿El señor Maese D’Arezzo, una mujer?! Por Dios, si hace apenas dos años que murió su esposa… ¿Será posible?

Y justo cuanto me preguntaba esto, la imponente casona de cantera a la que había sido enviado aparecía frente a mí. Había llegado demasiado pronto: aún faltaban veinte minutos para las cuatro de la tarde, hora en que debía hacer entrar la nota por la rendija de la gran puerta de madera. 

Así que me dispuse a esperar. Crucé la calle y me instalé en una banca metálica dispuesta justo en frente de la casa que no perdía de vista.

Dejé transcurrir los minutos uno tras otro mientras en mi mente se agitaba una tormenta de cavilaciones frustradas y callejones sin salida. Decididamente, ese señor D’Arezzo está lleno de incógnitas, incluso para sus más cercanos sirvientes. 

Jalé la leontina de mi reloj para consultar la hora, y justo cuando la manecilla larga se empalmaba con el doce romano crucé de regreso la calle, listo para cumplir con el encargo de Maese D’Arezzo. 

Luché, ciertamente, contra la puerta, ya que la rendija que existía entre ésta y el suelo era demasiado angosta, y tuve que arrugar un poco el sobre para que éste pudiera pasar por ese espacio tan reducido. Una vez habiendo introducido el sobre en la casa, me levanté y me quedé mirando el aldabón. Tenía la forma de una mano, quizá para que a pesar de que uno se sirviese de él, aún se pudiera decir que “una mano tocó la puerta”. Poco cómico, lo sé. 

Sujeté la manija y la estrellé estrepitosamente contra la otra pieza del aldabón. Me cercioré de que el ruido de mis toquidos inundara el interior de la residencia, para que alguien, pretendiendo abrir, acudiese a la puerta y encontrase la nota. 

De inmediato emprendí la fuga por la misma avenida por la que había llegado, sin mirar de regreso, para evitar ser reconocido por quienquiera que abriese la puerta. Sólo una vez habiendo llegado a la esquina, me detuve para observar si alguien había ya atendido, y al parecer, nadie había salido todavía. Me reconfortó saber que definitivamente, no había sido visto por nadie. 

Tomé el camino de regreso y volví a hundirme en mis pensamientos. 

     « ¿Qué propósito tenía aquella intrigante carta? ¿Por qué Maese D’Arezzo había mostrado ese férreo hermetismo para con su contenido? 

     » ¿Y qué era, ese famoso contenido? ¿Qué de privado tenía? ¿Por qué debía ser inaccesible hasta para mí?

Había un sinnúmero de preguntas que por ese momento, no podía responderme, pero ante todo, había una duda que taladraba mi conciencia: 

     « ¿Quién era Frida? ».

En ésa y muchas otras interrogantes se me pasó la tarde, y tuve que irme a acostar sin haber conseguido aclarar mi mente respecto a los confusos sucesos de ese día. 

Al final, me resigné, en aras de poder conciliar el sueño y descansar aunque fuera un par de horas. 

     « En fin. Maese D’Arezzo tiene sus propios motivos para actuar. Si me prohibió leer la carta, por algo será. Y esa Frida… supongo que también tendrá sus razones para dirigirse a ella de modo tan personal.»

Firma, el señor Barón de Sanchezco. 

Eso no es.

Buenas noches, amigos. 

En primer lugar, quiero pedir una disculpa por haber atentado contra el orden que tenia establecido para las publicaciones que debian hacerse en tales o cuales dias; pero deseo para ello escudarme en que justamente esta semana de mi vida fue una autentica patada en las bolas: el Tartufo me trajo loco toda la semana, con sus maratonicos ensayos de cinco a nueve y las dos funciones del antier y ayer. 

No obstante, heme aqui para cumplir lo acordado.

Tal como lo habia anunciado, este escrito no tiene version en original (lo cual es muy encantador, si lo miran de esta manera: realmente, este escrito todavia no existe); es decir, es una improvisacion de esas que me gusta hacer para cerrar los ciclos. 

Para empezar, quiero agradecer a mis lectores por haberme acompañado en esta oscura y sucia travesia por mis aventuras, por haberse sumergido junto a mi conciencia -o inconsciencia, segun el caso- en el inconmensurable mar de porquerias que durante dos semanas me di a la tarea de plasmar, y que compone, en su ultima instancia, la parte mas reprobable de mi existencia. 

Por supuesto que hay muchas otras historias que no tuve el valor de publicar; especialmente, aquellas donde se ponia escandalosamente de manifiesto todo lo infame y vil que puedo ser. O mejor dicho, que podemos llegar a ser los hombres. («Tome venganza», Capitulos 8, 9, 12 y 13 de Las Aventuras del Zorro, etc.)

En fin, el caso es que este ciclo se cierra hoy. Despues de haber pasado por tantos labios, tantas mentiras, tantas sustancias y tantas historias que merecen ser olvidadas, finalmente hemos llegado al termino de esta jornada. 

Ahora si, pasemos a lo que nos corresponde: Eso no es. 

Los hombres somos estupidos; y como tales, actuamos.

¿Por que he hecho todo lo que he hecho? ¿Por que parece que no he tenido un freno, ni un indicador que me diga cuando he salido del camino correcto y he entrado en la senda de la perdicion? Pues por estupido, ¿por que mas va a ser?

Hoy, a casi 4 años de haber comenzado mi camino por la oscuridad, me doy cuenta de que ya no soy un cualquiera para esto: ya no existe quien me haga ver como un niño en asuntos de vida nocturna (excepto aquella gente que tiene reservado un sitio en el centro de AA); mis historias, parecen hoy por hoy, algunas de las mas perturbadoras, alarmantes e impresionantes de entre las que se cuentan en mis circulos sociales. 

Pero no siempre fue asi; no siempre he sido el villano que ahora represento en mis anecdotas. 

Hubo una vez, hace mucho tiempo, que yo era un tipo recto, intachable, probo y hasta casto. Naturalmente, esta epoca corresponde a los años de mi vida anteriores a mi adolescencia, antes de que me embarcara en esta prosaica empresa de recorrer la vida tomado de la mano del vicio y la concupiscencia. 

¿Y por que digo recorrer la vida? 

Porque por alguna razon, yo naci con la extraña idea de que en esta existencia uno tiene que probar todo; y mas extraño aun: el pensamiento de que el exceso implica el conocimiento. 

Llegue a pensar, muchas veces, que el lema "Conocer es no excederse" no era mas que una estupidez, una mentira. De alguna forma que hasta hoy desconozco, me figure que mientras mas me excediese, mas sabio me volvia. 

Y claro, que hace años yo no me excedia en nada, mas que en el estudio. Era un alumno perfecto, y un hijo envidiable. Pero hubo un dia en que mi constante serie de logros y perfecciones se vino abajo, aplastada por la idea de una falsa libertad, esa que nos invade justo antes de alcanzar la madurez. 

Solo un pensamiento revoloteaba en mi cabeza, haciendo que todo lo demas se apartase y perdiese el valor que antes habia tenido: quiero vivir. 

No se. Yo pienso que a todos les pasa eso tarde o temprano, pero con mayor o menor intensidad. 

Pues bien, a mi me llego esa terrible idea cuando ingresaba en la preparatoria, justo despues de haber terminado la peor etapa de mi vida: una secundaria llena de abusos y maltratos, en una institucion que detestaba profundamente, y rodeado de gente por la que nunca guarde el mas minimo aprecio.  (Aqui hay excepciones, quiero aclarar, antes de que se sienta ofendido quien no deba.)

Cuando tuve frente a mi la posibilidad de lo que en ese entonces entendia por ser libre, perdi por completo el juicio. Me hundi de una manera dramatica en un sinfin de actividades indebidas, y a eso le debo el que hoy pueda contarles tantas historias, reservandome aun muchisimas otras. 

Y todo esto, porque yo creia que vivir era malvivir.

No se como, pero en mi mente siempre figuro que mientras mas cerca estuviese de lo que el mundo juzgaba malo o inmoral, mejor era yo. Y bajo esta maxima me guie por varios años, acatandola con cabal obediencia. 

Asi fue como llegue a cometer las atrocidades e infamias que ya he retratado, asi fue como me aparte de lo que mis padres querian para mi, y empece a buscar lo que la mala cultura tenia reservado para un ingenuo en busca de su propia destruccion. 

Me lance a encontrar mi experiencia, y la encontre. 

La encontre deformada y plagada de momentos vergonzosos. 

Vivi mi vida.

No me malinterpreten, no crean que ahora me siento sabio o experimentado; que ya siento que he vivido todo lo que tengo por vivir. Claro que no, eso seria soberbio, tonto y hasta ciego. Se perfectamente que a los ojos del tiempo sigo siendo un chiquillo idiota que a duras penas ha aprendido lo minimo para sobrevivir.

Pero dentro de ese minimo de conocimientos que he adquirido a base de lastimarme a mi mismo llenandome de situaciones comprometedoras y dignas de reproche, se encuentra lo siguiente: 

La vida no es el alcohol, las drogas o las zorras. La vida no es andar de sitio en sitio buscando una fuente de estupidizacion cada vez mayor; no es pasar de pierna en pierna sin siquiera saber en donde ha ido uno a parar. La vida no es eso. 

No se que sea. Puede ser que sea el arte, puede ser que sea la ciencia. Puede ser que sea el amor, la felicidad. O incluso, puede ser que sea solo el gusto de verla pasar y sentir como cada instante se desvanece, y como el siguiente no puede ser igual al que acaba de esfumarse. 

No se, insisto. Pero lo que si se, es que definitivamente, la vida no es lo que yo creia que era. 

Que equivocado estaba yo. 

Que equivocado estaba al creer que mientras mas malicia y mas oscuridad se alojara en el corazon de uno, mas cerca estaba de la verdadera realidad; que mientras mas idioteces cometiera uno, mas digno era de admirarse. 

Que equivocado estaba. 

Y digo nuevamente, no me malinterpreten: no estoy diciendo que vaya a alejarme de ello aun, no digo que vaya a retirarme de las noches y la perdicion. Lo que digo, es que desde hace no se cuanto, he empezado a ver con otros ojos mis actos: antes me enorgullecian; ahora me averguenzan. Ahora comprendo que las tonterias que hay en mi haber, y las muchisimas otras que faltan por sumarse, no son dignas de alabanza, sino al contrario.

Es por ello que ahora, cada vez que cometa una de esas atrocidades semejantes a las que ya conocen, sere un juez mas severo conmigo mismo, y estare dispuesto a castigarme.

¿Y de que manera voy a castigarme?

Tal como lo hacen nuestros padres, a quienes siempre ignoramos y subestimamos, a pesar de la amplisima experiencia que tienen: cada vez que incurra en un error -de esos a los que tan acostumbrado estoy- voy a hacer un esfuerzo progresivamente mayor para no volverlo a cometer. 

Repito: no estoy diciendo que vaya a retirarme de la vida nocturna, porque a este buen señor de Giancoli le queda mucha historia por delante. Estoy comprometiendome conmigo mismo a no ser tan ciego como antes fui; a tener un criterio mas sabio, a buscar la verdadera vida

Porque hoy dia, habiendome encontrado mas de cien veces con la mariguana, y tal vez otras trescientas con el alcohol, habiendo conocido mujeres absolutamente asquerosas -y si, asquerosas en toda la extension de la palabra; y conocer intimamente- y habiendo estado varias veces cerca de morir a causa de mi imprudencia, puedo decir, al respecto de esa verdadera vida que me propongo encontrar: Eso no es. 

Eso no es la vida. Quien sabe que sea, pero eso no es. 

Ya me he sumergido; ya he conocido; ya he vivido. Y ahora que intento salir del agujero, salgo con la enseñanza, por el camino dificil, de que de esa manera no se llega a nada bueno. En verdad, nada. 

Y hay aun algo mas: si quiero ser en esta vida un tipo elevado, sublime de alguna manera, y pretendo acceder a generos de arte mas puros que las bagatelas que he escrito hasta ahora, es necesario que me reforme y repudie el caos en que se convirtieron mis ultimos años, en aras de mi propia superacion. 

Me llena de esperanzas saber lo mucho que me falta por andar, y me hace feliz saber que ya no necesito el exceso ni la suciedad de espiritu para aprender.

Ahora si, da comienzo mi existencia. 

Cada vez que pienso en lo mucho que tengo por hacer, aunque sea de manera simplona, sonrio: en todos los kilometros que correre, en todos los pasos que aprendere y los golpes que soltare, en todos los papeles que interpretare, en todos lo problemas que resolvere y todas las noches que pasare sin dormir, todos los idiomas y culturas que conocere…; tantos libros por leer, tantas canciones por escuchar, tantas personas por conocer, tantos conocimientos por aprender, tantas emociones por sentir… y tantos fracasos por sufrir.  

Es tan inmensa la vida, y hay tanto alla afuera esperando a que nos decidamos a salir por ello, que sencillamente es inadmisible que nos quedemos atascados en la falta de vision que representan ese vicio y esa concupiscencia de cuya mano me desprendo hoy. 

Una vez mas: no digo que ya no tenga nada por vivir en esos aspectos; por el contrario, creo que estoy en un punto privilegiado para continuar mi camino. Pero lo continuare con la vista puesta en objetivos mas elevados; con la plena conciencia de que ello no vale nada, por ser vacio y vano. 

Asi que alla vamos.

Nuevamente, no tengo ni la mas minima idea de lo que haya de toparme en el camino, pero estoy seguro de que para recibirlo, tengo que estar despierto y listo. 

Y para despertar de ese desgraciado letargo que por tantos años me consumio; para finalmente quitarme la venda de los ojos, solo hace falta que no pierda de vista lo unico que aprendi haciendo lo indebido: Eso no es. 

Giancoli D’Arezzo. 

Colapso.

Parte 2: Doce horas, o mas.

Fuertes toquidos en la puerta del departamento me despiertan. Al regresar al mundo, ademas de mi resaca y la inevitable pregunta «¿Donde estoy?», solo veo un amable recado sobre la pequeña mesa que tengo al lado: 

     «Si despiertas antes que yo, toma lo que quieras del refrigerador para desayunar. Cualquier cosa, toca mi puerta (enfrente del baño). B***».

Mas toquidos igualmente vigorosos suenan. Me levanto y me apresuro al la puerta enfrente del baño -el cuarto de B***-.

Toco. 

     - B***, estan tocando -le aviso. 

     - …Ya voy -contesta totalmente amodorrada.

Vuelvo a dejarme caer sobre el sillon donde al parecer pase la noche. Por cierto, ¿que hora es? Las diez de la mañana. Diablos, entonces he dormido escasamente cinco horas…

«¿Quien carajos toca en domingo a las diez?», me pregunto mientras cierro nuevamente los ojos y dejo el asunto en manos de B***, quien ya ha salido de su pieza en ropa de dormir y pantuflas. 

     - ¿Quien es? -pregunta.

     - G*** y H***. Venimos por Giancoli -se oye desde afuera.

     - ¿G***? - se le escapa por el asombro.

B*** abrio la puerta e invito a que ambos tomaran asiento en las mismas sillas donde apenas hace unas horas S*** y yo nos acomodabamos tras terminar el cigarrillo. 

Ahora recuerdo: G*** habia dejado dicho que vendria porque… ¡iba a llevarme a mi casa!

Llego, en efecto. Con un pequeño retraso.

Me incorporo y saludo. Me siento al lado de H*** y platicamos todos unos minutos. El hambre nos asalta y B*** se introduce en la cocina para preparar algo no tan primitivo que almorzar. H*** la acompaña y G*** y yo somos enviados a comprar no se que cosas para lo que sea que piensen preparar nuestras dulces niñeras. 

Una vez en el establecimiento, habiendo pagado el encargo, una siniestra idea se deja lucir en los ojos de G***:

     - ¿Compramos unas chelitas? -me coquetea.

     - … ¿Por que no?

"Algo tranquilo, nomas pa’ desayunar. Un docecito; seis y seis". Asi comenzamos. Aqui vamos de nuevo. 

… ¡¿A nadie le importa que el reloj marque «a.m.»?!

Llegamos al departamento. Magnifico desayuno.

(Esta bien, la cena de la ceremonia de ayer fue mucho mejor, pero… ¡diantres, la vomite toda! Asi que virtualmente, esto es lo primero que entra a mi en 18 o 19 horas. Quiza por eso sabe tan bien.)

                                                     * * * * *

En el momento en que un bohemio de corazon, como lo es G***, saca su guitarra y se pone a cantar, se le ha declarado la guerra a la sobriedad. Y es una guerra que bajo ninguna circunstancia hemos de perder. 

Pasan las canciones y pasan las cervezas. B*** y yo, hay que admitirlo, estamos en lo absoluto embobados por la musica de nuestro amigo trovador. H***, por otro lado, lo mira con esa omnipresente ternura que la ataca cuando ve a G*** tocar. 

Ella, por supuesto, conoce de medio a medio su repertorio, a fuerza de escucharlo tantas veces. 

Subitamente soy invadido por un letargo pesado como el plomo. Casi por instinto me dirijo a mi ya amigo sillon y sin decir buenas noches me sumerjo en una apacible siesta. 

Al despertar, ademas de los tres con quienes estaba, hay una cuarta silueta que distingo como desconocida. B*** se apresura a presentarnos: mi prima, Giancoli; Giancoli, mi prima. Quiero aclarar que nunca dijo su nombre; se limito a hacerme saber que eran primas. 

Un par de horas mas tarde, H*** se queja de que tiene que llegar temprano a su casa. Que ironia, son mas de las dos de la tarde (¡del dia siguiente!), y sigue obstinada en llegar temprano. 

G*** ha de llevarla, desde luego. 

La trova se ve obligada a cesar. A estas alturas tenemos hambre nuevamente. O mejor dicho, ellas tienen hambre. 

Nos vamos G***, H*** y yo. Entretanto, B*** y su prima se quedan a pedirnos a todos una pizza; o al menos, a pretender que asi lo harian. 

Una vez en casa de H***, nos topamos con mas amigos actores: Estan K*** y Y***. 

G*** y yo los invitamos a acompañarnos al departamento de B***, del mismo modo que insistimos para que H*** regrese tambien. Triple negativa por una u otra razon. De modo que unicamente regresamos el y yo.

Cuando estamos por irnos, reconozco ese brillo perverso en los ojos de G***, haciendose acompañar por una bellaca sonrisa: 

     - ¿Que, otras chelitas?

     - … Si.

Doce «botes» mas (Cortesia de Sinu y Lara…). Por tercera vez entro en el departamento. 

B*** y su prima se asombran del poco tiempo que tardamos. Resulta que no han ordenado nada aun. 

Reunimos nuestros ingenios nublados y perezosos por el alcohol y decidimos acudir a una especie de restaurante de (¡si!) pizza. Ya saben, de esos que lo estafan a uno con su insolita generosidad: 2x1 todos los dias. 

G*** y B*** adelante; «la prima» y yo atras, para -en palabras mias- "agasajarnos en el camino".

(Tal cosa no ocurrio, aclaro.)

Cuando nos entregan la masiva cantidad de comida que obtuvimos al infimo precio de cuarenta pesos por persona, ademas de esbozar colectivamente una tremenda sonrisa, nos encaminamos de regreso al departamento, al que habria de entrar por cuarta vez. 

Este es el punto en que pierdo la cuenta de lo que he tomado. 

La pizza es buena, ciertamente. 

Mucha platica y mucha mas trova en vivo. Mucha mas cerveza. 

Le enseño a B*** -o trato, al menos- lo elemental de la salsa cubana y la bachata. Queda encantada con el baile y me hace prometer que entraremos a practicar tango el proximo cuatrimestre (promesa que no pude cumplir, por causa del Tartufo). 

Ya saben que en esto del teatro adquiere uno costumbres un tanto femeninas, asi que B*** y yo pasamos vaya usted a saber que cantidad de horas jugando a chocar nuestras manos como lo hacen las niñas pequeñas, hasta que conseguimos hilar cinco tandas seguidas, con un esfuerzo indecible. 

                                                     * * * * *

Llega un momento de mi embriaguez en que solo quiero una mujer. Especialmente ahora que recien termino una relacion, me siento sombriamente solo. «La prima» esta mas cerca. Ademas, yo le guardo un extraño respeto (respeto que casualmente me llevo a dormir en su cama ayer, sin siquiera tener contacto visual, cual matrimonio añejo) a B***, que me impediria insinuarle cualquier cosa o siquiera atreverme a considerarlo.

Esta prima es (…).

Ya saben, amigos, que soy un amante de todas las mujeres por igual, ya que todas esconden entre las piernas una belleza equiparable. 

     - Mujer. 

     - Dime. 

     - Mira, voy a ser muy claro. Llega un momento en que Gian esta muy ebrio. 

     - Ese momento ya llego, al parecer. 

     - Asi es. Y cuando Gian esta muy ebrio, necesita una mujer. No es que la quiera, o que la desee; la necesita.

     - … Ah…

     - Asi que, ¿por que no vamos tu y yo al cuarto? 

     - … ¿A hacer que?

     - A… sostener un poco de contacto fisico. 

¿Por que solte una expresion tan refinada como esa? ¿Por que no le dije algo mas sutil o siquiera natural? Pues sencillamente, porque lo que yo queria era estrictamente tener contacto fisico con ella. No es tanta mi beodez (…)

Lo que viene, amigos, es sin duda, una de esas frases que uno enmarca para siempre en su memoria, por su frescura y originalidad. 

     - ¿Ah si? A ver, vendeme la idea del contacto fisico. 

«Vendeme la idea del contacto fisico». ¡Wow! Es una de las mejores frases que me ha escupido una mujer; -y que mujer: sensacionalmente inteligente- y de las pocas que me han dejado sin palabras. 

Es una de esas veces en que uno sencillamente se ve obligado a aceptar, por doloroso que sea, que una mujer (…) lo rechazo. Ni hablar, a veces pasa. 

                                                * * * * * 

De repente, sin que ninguno lo notara, se ha hecho de noche. Sigue la charla y la musica, pero cuando nuestra liquida deidad se desvanece hasta su ultima gota… Hay que ir por mas. 

Pero antes… es tarde y mañana hay clases. Mejor despidamonos de las señoritas de una buena vez y vayamos solos al encuentro de la muerte. O de la vida…

En el camino a mi casa (porque si, G*** cumplio su promesa de llevarme a mi maldita casa, aunque lo haya hecho con un dia de retraso), nos detenemos por mas alcohol. 

Llegado que hemos al palacio en deprimente abandono que es la casa de mi abuela -donde vivia en los tiempos a que pertenece esta historia-, caigo en en la cuenta de que la puerta esta abierta, las luces prendidas y mas sorprendente que todo, ¡hay gente!

Paso a saludar a mi primo, su esposa y su hija. Y mi tia, mi tia L***. 

Ustedes no saben quien es, ni por que es tan importante, trascendente e inesperada su visita, pero… conformense con la idea de que es un hito su estancia aqui. Ya revelare luego, en algo llamado «Primera visita», el porque de todo esto. 

Entro y doy las buenas noches a mi abuela, que se regocija al verme vestido de traje (si, sigo vestido de traje desde la ceremonia de ayer, y G*** tambien) y me aclara, entre otras cosas, que mi tia se muda a vivir con nosotros. 

Mi compañero y yo nos instalamos en los equipales de la cochera, y nos disponemos a finiquitar el asunto: ya hay solo cuatro cervezas. 

La radio suena, y suenan tambien las anecdotas y las enseñanzas de G*** (G*** es tal vez cinco años mayor que yo, pero su experiencia de vida es tal vez cincuenta veces mayor que la mia). Nos aproximamos al final de la noche: el ultimo cigarro. Saben que no acostumbro fumar -o mejor dicho, que en aquel entonces no lo acostumbraba-, pero por ocasion especial voy a atreverme. Mis familiares estan ya dormidos, o se han ido, asi que no hay nadie que se inquiete por verme compartir este ultimo pequeño y maloliente asesino.

Son mas de las diez de la noche y todos los envases estan vacios. G*** se despide y lo acompaño a la puerta. 

Ha sido una increible jornada. Empezamos a las diez… a.m. Suman doce horas, o mas. Y si a eso le añadimos mi colapso… ¿ven por que digo que en cuanto ingrese a la universidad todo se estropeo?

Ya, buenas noches, amigos; mañana hay clases… a las $%&/ siete.

Carajo. 

Giancoli D’Arezzo.

Tu y yo solos, por ultima vez.

Good evening. This is the voice of Enigma. In the next hour, we will take you with us, into another world: a world of music, spirit and meditation. Turn off the light, take a deep breath and relax. Start to move slowly, very slowly; let the rhythm be your guiding light.

PROCEDAMUS IN PACE.

IN NOMINE CHRISTI, AMEN.

(Solo como atmosfera, para que entiendan de lo que hablo:) http://www.youtube.com/watch?v=vHHhFdFq3Kg  

http://www.youtube.com/watch?v=6prvDcfCeX4&feature=related

Hace tiempo escuche que no habia musica mas sensual que Led Zeppelin. Claro que esta opinion venia de un drogadicto presuntuoso y egocentrico que no tocaba ningun instrumento musical, ni mucho menos conocia MCMXC A.D.; por eso la descarte de inmediato.

Henos aqui, diez meses despues, Monica.

Me regocija verte tan radiante como antes; como siempre. No has perdido una gota de tu encanto; es decir, de tu engaño. Asi como la noche no se ha tornado menos oscura, la belleza que te adorna no se ha deteriorado tampoco. Ni mucho menos mi pasion por tu misterio inasequible.

Uno de los malos mitos que la mala cultura me metio por un tiempo entre ceja y ceja, es que las tres de la mañana -por ser la hora “opuesta” a la de la muerte de Cristo-, es la hora demoniaca.

¿Y que crees, linda? Que precisamente mis manecillas se dirigen a esta fatidica hora.

No es casualidad que me haya quedado despierto hasta bien entrada la madrugada: recien he terminado de empacar; me mudo mañana temprano.

Me voy, por anhelo y comodidad. Como los hombres, abandono lo que amo sin voler la mirada ni bajar la frente. Es ya un hecho que no volvere aqui, a menos que algo extraordinariamente desafortunado suceda.

¿Te das cuenta, perversa Monica, sutil Monica? Monica de ansia y espectro. Monica de dia y de noche. ¿Te das cuenta, de que este es nuestro ultimo capitulo?

Desde mañana empezara una nueva vida para mi. Una vida sin ti.

No digo que no venga a visitar de vez en cuando, pero…  ya no podre pasar la noche con tu imagen sobre mi cabeza, ya no habra mas noches de tu y yo

Me olvidare de que por casi ciento cincuenta dias me has cuidado el sueño; lo has endulzado, engalanado, turbado y ensuciado… Bien, miento. No olvidare. Yo nunca olvido; lo sabes tu mejor que ninguna.

Pero lamentare, con certeza. Llorare para mis locos adentros tu lejania y me asfixiare en mi soledad…

Basta ya. No halemos mas de sufrir; no nos mojemos sin lluvia. Por el contrario: empapemonos de gloria de placer.

Empapemonos de sudor…

Hagamos que esta ultima velada valga por adelantado todo lo que no habremos de darnos de aqui a la muerte. Destrocemonos, asesinemonos, ¡devoremonos!

Ven, arrastrate conmigo por el pavoroso corredor de la concupiscencia y sigueme hasta el final del camino.

(Si hubiera preguntado, de seguro habrian respondido que "esto es urgente porque la eternidad se nos acaba"…)

Vigila mi sueño una ultima vez… O mejor, no vigiles nada. Sal de tu inerte puesto en la atalaya de mi pared y sumergete en el mar abierto de mi inconciencia, conmigo.

No cuides mi sueño; salta en el.

Porque alli, estando tu y yo solos, por ultima vez, sera lo que el ritmo nos dicte.

¿Y de que ritmo hablo?

De ese que solo en la oscuridad puede oirse; de ese que mas alla de oirse, se siente en cada milimetro de la extension del cuerpo desnudo. Eso que los genios polemicos llaman the principles of lust.

Lujuria, que dicen, tambien es asunto del demonio. Que agradable coincidencia que este siniestro tempo haya venido a aparecer a esta hora maligna. Y que conveniente.

Dejemonos, pues, Monica, arrastrar por la magia del ritmico vaiven nocturno que por obra del Destino se nos ofrece expedito y hasta obvio. Ese vaiven del yo en ti, del tu alrededor de mi, del yo sobre ti, dentro de ti… De la copula. [Porque si, efectivamente, la casa peligra…]

Las oportunidades se toman o se dejan pasar. Despues de esta, ya no tendremos nunca otra igual. Esto, mujer, va a aprovecharse… Diria «al maximo», pero se queda insultantemente corto.

Deja caer tus cabellos sobre mis rodillas, haz tu lengua rodar entre mis piernas, destroza mis pies con tu manos, aplasta mi pecho con tu cadera y encierrame en esa horca tan profunda, de ese aroma tan caracteristico. Encierrame y matame. ¡Matame para que no pueda escapar de mis sueños nunca mas!

Sh. Ven aca, y abre mucho la boca…

Buenas noches, realidad, nos vemos mañana.

Giancoli D’Arezzo.

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